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A Mi Padre.
Cuán profundamente nos amaste
patriarca visionario y diligente,
como padre leal y consecuente
jamás a la familia abandonaste.
Por las duras pruebas que pasaste
purificó tu alma el sufrimiento.
Cuántas veces nos diste el alimento
que a tu cuerpo hambriento le negaste.
Cuando tus energías se extinguieron
tus acciones heroicas terminaron,
tus ojos vigilantes se cerraron,
tus labios de profeta enmudecieron.
Sangre, sudor y lágrimas mezclados
vertidos en difíciles batallas
sin embargo, reposan sin medallas
tus huesos en un nicho sepultados.
Sé que la ingratitud aún prolifera
y el autor de la vida es olvidado,
nunca llegues a ser tan desalmado
que grites por doquier: “padre es cualquiera”
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